Yo con mi café, mi café de las 11.13 de la mañana. Mi respiro y mi oportunidad de salir de entre un montón de guías de viaje, libros de gran formato y mapas internacionales de Michelín que ocupan mi escritorio, y que parecen adueñarse de él.
Ayer decidí que en vez de tomármelo entero en la puerta de la librería mientras fumo un cigarro de liar y critico en secreto a la gente que se pasea por la plaza, me apetecería tomarlo dentro, mientras Carlos intenta arreglar en vano un carrito de madera que se ha desmoronado por el peso de unos 50 libros. Yo me apoyo en la columna con aire cansino, revolviendo el café desinteresadamente, y Carlos, mi jefe, me dice que le va a poner nosequé y nosecuántos al carro para reforzarlo. No le estoy haciendo mucho caso, porque a la vez atiendo a un vídeo que se está reproduciendo en la pantalla que tenemos encima de la gran estantería de guías de escalada.
Y de repente Él resurje de la nada (más bien del despacho), y me pregunta que sí me he fumado el cigarro ya, que él saldrá en breve. Le digo que sí, pero que tengo un poco de frío y por eso entré enseguida.
Siempre me dice tonterías. Sospecho que para llamar mi atención. Me pone nerviosa el modo que tiene de dar vueltas en círculo por la librería, con sus canillas delgadas y sus gafitas redondas de erudito. Es un tío raro, pero reconozco que me resulta un poco misterioso. De lejos parece un hombre normal, pero un día descubrí que de cerca es guapo, y muy sexy. Bastante sexy. Él pasa a mi lado con una media sonrisa, se vuelve, y de repente empieza a cantarme una canción típica gallega, como mofándose de mí. Le pregunto si él es de los que piensan que en Galicia estamos todo el día bailando la Muñeira.
- Eres un garrulo. Lo sabes, ¿No? - le espeto riéndome a carcajadas.
Y sin más, sin comerlo ni beberlo, me encuentro enfrascada en una conversación con Él sobre un viaje que hizo ese fin de semana a un extraño pueblo de Extremadura, el cuál se ubica la mitad en Portugal y la mitad en España. Me sorprende la cara de emoción que tiene cuando me da los detalles del pueblo en cuestión y sus alrededores. Castillos encima de una muralla bla bla bla, el puente internacional más pequeño de Europa bla bla bla. Me dice que mañana me traerá los folletos para que los vea. Y efectivamente.
10.05 de la mañana (yo con la legaña en el ojo todavía), y el tío se me acerca al despacho con la ilusión e inocencia de un niño que te va a enseñar el dibujo que hizo en el colegio. Que si el castillo bla bla bla, que si el puente bla bla bla. Joder con los castillos. Y aún encima los folletos están en francés. Le digo que el pueblo en cuestión tiene un aire con Béjar, un pueblo de Salamanca. Por decirle algo. A lo mejor si le digo que mis fines de semana consisten en dormir, escribir, leer, comer galletas hipercalóricas y fumar... se acojona. Aunque no creo que se hubiese acojonado más que yo cuando, por pura casualidad, me entero de que el tío, con casi 40 abriles, vive con sus padres.
Tengo que admitir que me atraen los raros e iracundos. Mi amiga Irene los califica como pardillos con eyaculación precoz y la polla boba. A lo mejor es que yo soy una pardilla... he aquí la razón de mis singulares y exóticos gustos respecto a lo que a hombres se refiere.
Lo dicho. Que después de aguantar miradas penetrantes a mis piernas y a mi canalillo, palabras subidas de tono, persecuciones a lo largo del pasillo de la librería y cursiladas del estilo de "Buenos días, Sol del Amanecer"... una suele pensar que si estas cosas las hace y dice un hombre que se supone que sufre de timidez extrema, es que, como mínimo, ha tenido en algún momento el deseo de llevarte a la cama. Aunque mi amigo Jordi insista en que no le va esta acera, sinó la de enfrente.
Una invitación a un café, y todavía espero respuesta. A lo mejor Jordi tiene razón.
miércoles, 14 de mayo de 2008
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