El señor me debe de estar castigando por promiscua e inmoral. En tan solo dos semanas no sólo me he quedado compuesta (más bien descompuesta) y sin novio, sino que, por si fuese poco, se me ha terminado el contrato con Desnivel, y como no se pueden permitir pagar mi puesto de trabajo me dan la patada. Y vaya patada, señores:
Fin de contrato: 16 de mayo
Comunicación de fin de contrato: 16 de mayo, y a las 12 de la mañana. Obviamente, se me indigestaron el café y las porras. Mi jeta no tuvo precio.
Así que el viernes 16 de Mayo, de 12 de la mañana a 3 de la tarde, me lo pasé dando vueltas por la librería cual oso enjaulado, preguntándome qué coño había hecho mal y a dónde han ido a parar todas las horas extras y "favores" a la empresa que había hecho. Y me cagué en el Cristo, la Virgen, los santos Apóstoles y en mi jefe; que por cierto, el cabrón tiró la piedra y escondió la mano.
La mañana transcurrió entre cabreos, gritos, porqués y joderes, lloros, finiquitos e indemnizaciones. Me fumé 4 cigarros en una hora, lloré 3 veces en media mañana, y me abrazaron 6 veces en un minuto. Cuando me sentí exhausta de todo, decidí sentarme en mi escritorio y trabajar un poco para ocupar la cabeza, pero me daba la impresión de que cada palabra que escribía en mi ordenador se descojonaba de mí. Apagué la música pensando en que así podría concentrarme, y sin girar la cabeza percibí una conversación al fondo del pasillo entre ÉL y mi jefa. Estaban susurrando, así que tuve que afinar el oído al máximo. Pude atisbar como ÉL le decía que no se podía creer que me hubiesen dado la patada, que era una gran profesional y además siempre estaba dispuesta a arrimar el hombro cuando hacía falta. Mi jefa afirmaba apenada con la cabeza y le decía que a ella le había pillado de sorpresa también.
Igual de impresionada me quedé con esas palabras como cuando me comunicaron la fatídica noticia, y de repente sentí como un sudor frío subía por mi espalda. Nunca me imaginé que el tío me valoraba tanto. Me acojoné cuando vi que se acercaba a mi escritorio con sus típicos andares que suelo reconocer incluso hasta de reojo. Se paró delante de mí en silencio. Solo me miraba, triste. Me pregunta que cómo me encuentro, y yo le miro intentando ocultar los ojos llorosos y le digo que ya se lo puede imaginar. Me levanto para hablar con él, y los dos nos alejamos un poco para poder hablar a solas. Me dice que está flipando con la situación, y que el lunes tienen una reunión con el jefazo, en la cual mi jefa y Carlos van a sacar la cara por mí y hacerle cambiar de opinión. Pero que tampoco cuente con que el tío recapacite. Le digo que le echaré mucho de menos. Me mordí el labio inferior para evitar las inminentes cataratas que llevaban todo el día acechándome, porque odio con todas mi fuerzas llorar delante de la gente. Pero ya se sabe que a veces las emociones la traicionan a una, y más cuando estás premenstrual.
Lo que ocurrió luego no me lo imaginaba ni en mis sueños más retorcidos. De repente ÉL (una mezcla entre el hombre de hielo y Margaret Tatcher en versión masculina) se acerca a mí a cámara lenta, y mientras escucho mi respiración desde dentro, me planta un beso y me espeta que esto no es una despedida, que me llamará.
-Aunque a veces me asustas un poco.
Se aleja a cámara lenta, y yo intento reaccionar rápido.
(Yo detrás de él intentando alcanzarle):
- Espera espera… ¿Qué?
- Que me das miedo.
- ¿Pardonne moi?
- Es que me pones…
No acabó la frase porque un cliente buscando asesoramiento sobre unos mapas se cruzó en su camino, así que no supe si la frase estaba efectivamente incompleta o me quiso decir que le ponía cachondo. Me paré en seco y me quedé quieta, flipando con las acciones y palabras del “supuesto” tímido y asocial de las narices.
Lo siguiente que hice fue coger todas mis cosas, sacar las llaves de la librería de mi llavero y alejarme mirando hacia atrás. Nunca había visto mi escritorio tan vacio.
domingo, 18 de mayo de 2008
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