sábado, 23 de agosto de 2008

Cuando éramos felices


Las cosas ya no son lo que eran, cuando viviamos todas juntas en el piso destartalado que nosotras mismas redecoramos con muebles de la calle. Era como un club privado en el que solamente nosotras teníamos entradas VIP. Y más tarde, cuando la loca de Franziska se fué a Berlín, Irene Ameglio vino de Turín y se coló en nuestra casa y en nuestros corazones.

Echo de menos las mini fiestas de cumpleaños con tarta y champán, la música a tope y nosotras bailando encima del sofá como locas, las confidencias en el salón y reirme hasta llorar. Sí, lo sé. Todos me dicen que vivo de recuerdos... pero parece ser que ese es mi sello, miro tanto hacia el pasado que debería de ponerme retrovisores en las orejas. Me gusta recordar cosas bonitas, y cuando lo hago, parece que oculto por unos segundos que desde que os fuisteis me siento más sola.

Voy a repartir mi corazón en trocitos más o menos igualados, y enviaré un trocito a Barcelona (Olga), otro a Turín (Irene), otro a Málaga (Luzi) y otro a Berlín, para Franzi, que aunque estaba como una feria me hizo pasar buenos momentos en esta casa.

Prometo no abrir la puerta de vuestras habitaciones e imaginarlas todavía con vuestras cosas dentro.

Os quiero.

sábado, 16 de agosto de 2008

Che, pásame la crema

Llegados a este punto del verano, me he dado cuenta de que solamente me he dado un baño veraniego a lo largo de estos 3 meses. Yo, que provengo de una ciudad con playa y me encantaba pasarme las horas tirada cual lagartija hasta que se me cayese la piel a tiras. En vez de quejarme he decidido ponerle solución al problema, así que mi amigo Chuchi y yo nos vamos una semana a Benalmádena a visitar a nuestro amigo Ruli:


(Aquí Chus y yo practicando sexo hetero-gay.)

Raúl tiene un bonito apartamento en este pueblo justo al ladito de la playa, así que el 1 de Septiembre, cuando todo el mundo vuelve de sus vacaciones, nosotros cogemos rumbo a la Costa del Sol, a torrarnos todo el día en la arena, bañarnos en esas aguas cristalinas, controlar qué maromos están cañón y saborear la cerveza en las terracitas andaluzas.


Juro que el año que viene no me abandonaré al trabajo e intentaré cogerme las vacaciones en Agosto. No puedo aceptar que la última vez que haya pisado la playa haya sido el año pasado por estas fechas:



(Tano y yo en Algeciras, a la vuelta de nuestro viaje a Marruecos, torrándonos a 40 grados y untados de aceite de pies a cabeza.)

A la vuelta, ilustraré el blog con mis vacaciones de ensueño para dar mucha, mucha envidia.

miércoles, 13 de agosto de 2008

23.00 PM

Volvía cansada de la mierda de curro que tenía. Cansada, con el rímel corrido y con tacones, ya que me obligaban a trabajar como un pincel. Salí del Metro de Antón Martín con el pensamiento de pedir comida china, porque ni me apetecía ni sabía cocinar, así que decidí que previamente haría una parada en el cajero y luego en el pakistaní para comprar una litrona y bebermela junto con el pollo con bambú y setas. Saqué 50 euros del cajero y me dirigí a casa, arrastrando mi cansado culo. ¿Pero qué ven mis ojos? Un chico que parece ser monísimo (digo que parece porque de lejos veo lo justo) me mira insistentemente, y comenta algo con su amigo. Sigo mi camino, pero le miro de reojo sujetándome las gafas a ver si así consigo adivinar que cara tiene. Me saluda y me sonríe. Le devuelvo una amplia pero tímida sonrisa y le saludo. Tiene una preciosa melena con tirabuzones dorados y una barba mucho más que prominente. ¿Había comentado lo muchísimo que me gustan los hombres con barba? Pues eso. Aún pareciéndome guapísimo y sexy a rabiar seguí mi camino. Vete tú a saber, puede que fuese un violador o un asesino en serie. O puede que fuese el hombre de mi vida, que es peor aún que lo del asesinato.

Llevo años esquivando a hombres que puede que me gustasen para algo más que un polvo ardiente. Siempre he tenido miedo a que llegase un maromo que pueda llegar a domar la fiera salvaje e inconformista que llevo dentro, así que adopto la misma postura con todos: me visto, me lavo la cara y me voy. Siempre antes de que se despierte, no vaya a ser que me pida el número de teléfono y tenga que dar excusas y explicaciones estúpidas que no se las creería ni él ni yo.

Estaba casi llegando a mi portal, y escucho que alguien me dice: "Espera espera, a dónde vas tan rápido?". "Joder", me digo. La verdad es que no había tenido un buen día, ni tampoco tenía buena cara. Desde luego no era el mejor día para conocer a un tío guapísimo. Me dijo su nombre, el cual ni escuché, porque estaba distraída mirándole los brazos y lo que no son los brazos. En un instante me imaginé como sería follarmelo contra los barrotes de la cama, como lo hace Linda Fiorentino en Alta Seducción. Me dijo que había un bar cercano que le gustaba mucho, y que le gustaría invitarme a tomar una cerveza. Me lo pensé dos segundos, pero lo cierto es que estaba deseando conocerle un poco... lo justo para tenerlo contra los barrotes. Le dije que me encantaría pero que quería cenar primero, así que le pedí su número de teléfono (siempre es mejor que dar el mío) y en un par de horas le llamaría. Y le llamé.

Quedé con él en ese bar, La boca del Lobo. Por lo visto estaba en su calle, al lado de su casa. Eso significaba que éramos vecinos. "Mal empezamos", pensé. Entré y era un sitio oscuro y vacío. Lógico, ya que era la una de la mañana de un Lunes, de un 15 de Enero frío como no lo recordaba en años. Estaba con su amigo, muy mono también. Seguro que pensaban que podrían montarse un trío conmigo, como quien no querría la cosa. Y vaya nochecita. La noche se convirtió en una competición, como si yo fuese una chuleta enorme y jugosa y ellos dos perros hambrientos de carne fresca. Que si la invito yo, que no, que la invito yo. Un toma y daca, a ver quien se llevaba el gato (más bien la gata) al agua. De repente me ví entre dos hombres guapísimos y deseosos de llevarme al catre. Cuatro manos, un par de pollas y otro de bocas. Pero la idea se esfumó de mi cabeza cuando uno de ellos aprovechó el viaje del otro al servicio y me metió la lengua a traición hasta el estómago. Juego sucio puro y duro. Suerte que el hombre en cuestión era el que más me gustaba de los dos.

Lo siguiente que recuerdo después de innumerables cervezas (cabe decir que yo tengo poca tolerancia al alcohol) es que acabé en la casa de los tíos comiéndome un plato de macarrones con tomate deliciosos, y ellos sentados enfrente de mí esperando veredicto. Manos en mis piernas y susurros al oído me hicieron llegar a la conclusión de que efectivamente querían montarse la orgía... pero como soy muy caprichosa me quedé con uno. Todo para la nena. Poco más puedo recordar, solo una tenue luz verde en la habitación y un escalofrío subiendo por mi espalda. A las pocas horas me desperté, me puse la bragas y el vestido y me fuí a mi casa, agotada pero con una sonrisa de oreja a oreja.

Llegué a dormir y a follar en esa cama muchísimas veces más, y también la odié otras tantas porque me destrozaba la espalda. Y lo que son las cosas, en esa cama también llegué a susurrarle al oído a ese hombre cosas que nisiquiera me imaginaría que le diría. Y por las noches, cuando dormía abrazado a mí y con su cabeza en mi pecho, llegué a sentir que me metía dentro de él y besaba su corazón, que palpitaba por mí.